martes, 22 de mayo de 2012

de tripas corazón... y otros capítulos autodestructivos



Mesa para dos


¿Le puedo ofrecer algo más? Preguntó con un desenfado y una muy fingida preocupación por su satisfacción. Aún así Diana no presto atención a la mesera con falda almidonada y sonrisa prefabricada que se erguía a su lado y con un simple movimiento de cabeza respondió de forma negativa.

Si la mesera se fue pensando que era una payasa, era la última de las preocupaciones en  su cabeza trabajando como si fuera una computadora rendereando la última película animada de Pixar.

El café ya estaba lo suficientemente frío como para resaltar el pésimo sabor que lo caracteriza en ese restaurante, pero ella seguía moviéndolo con su cucharita como si fuera recién hecho.

- Seguirás sin decir nada, ¿verdad?  Sentenció el.

La cucharita no dejaba de moverse en el café.

- No le pusiste azúcar, la crema tiene 40 minutos que esta integrada al café, lo único que me queda creer es que te quieres hipnotizar con el movimiento, o alguna razón ilógica como esas.

- No se cómo empezar.

La cucharita abandonó por fin su incesante giro para descansar sobre el platito blanco que acompañaba junto con un intacto pedazo de pastel a que Diana se decidiera, ya sea a comer o a hablar.

- Vaya, al menos rompiste el silencio, y dejaste en paz al pobre café.

Se recargó sobre el respaldo de la silla y en un gesto victorioso cruzó los brazos mientras sus ojos café se quedaban fijos observando los pequeños mechones que caían por el rostro y que de vez en vez sus delicados dedos trataban siempre con el mismo fallido resultado, de acomodar en otro lugar donde la gravedad no los pusiera de nuevo frente a su ojos.

- La ventaja que tienes conmigo es que conoces de sobra que fingir, aparentar o incluso actuar frente a mi no tiene el efecto manipulador que has desarrollado todos estos años para ocultarte bajo todas esas máscaras.

El seguía impávido, recargado de la misma manera observándola, dibujando mentalmente cada uno de los rasgos faciales.

Diana levantó la vista, por primera vez durante la hora que llevaba sentada en esa esquina del restaurante, sonrió.

- No son máscaras, de verdad. Replicó al fin.

- Ah no, cierto. Tu no usas máscaras, es maquillaje. Insistió el.

- No, las máscaras no duelen, esto es piel.

- Caras sobre puestas sobre otras tantas, máscaras al fin.

Diana se revolvió en su asiento, las palabras de el resonaban en su cabeza, lo odiaba por que siempre tenía ese efecto en su interior.

- Máscaras entonces. Pero el punto es que no se cómo.

Las facciones de Diana no cambiaban y repitió. – No se como empezar, no es algo que haya hecho alguna vez, no que yo recuerde al menos.

- Es muy probable que si, pero por obvias razones y máscaras, has olvidado recordar a la  persona que eras antes, cuando traías configuración de fábrica.

- ¿Tu me recuerdas así?

- Claro, así fue como te conocí y siendo sinceros esa actitud es la que me hizo enamorarme de tu interior.

- Tu nunca te enamoras, no me salgas con esos cuentos ahora.

-Ah, que bien te conozco pero que poco me conoces tu a mí.

- Tu nunca te enamoras, lo se mejor que nadie.

- ¿Viste el teléfono en el aparador de la entrada? ¿El blanco con la manzanita?

Se acomodó en la silla con un movimiento suave hacia delante, los codos recargados en las rodillas y cargando una sonrisa depredadora. La mirada estaba en la entrada del restaurante donde aún entraban unas cuantas personas a la farmacia o por un café.

- Si lo vi, ¿pero eso qué? ¿Tan pronto me vas a cambiar el tema? Es demasiado pronto hasta para ti.

La sonrisa no mermó y la mirada de su cara afilada giro lentamente hacia ella posándose mucho mas allá de sus pupilas, invadiéndola de repente.

- La gente se enamora de ese teléfono cuando lo ve, que pueda o no comprarlo es otra cosa, es más cuando se enamoran con fuerza pueden incluso dejar de hacer otras cosas con tal de poder endeudarse y comprarlo.

Cuando tu hijo te mira una noche cuando regresas de trabajar y dices que vas a salir por que olvidaste comprar algo y el te dice no te vayas mami, por favor, te extrañé. Eso es amor.

- No metas sentimientos fraternales en esto, no metas a mi hijo aquí, no tu. No tienes el derecho.

- Entendiste el punto.

Retomó su posición hacia atrás en el respaldo y la sonrisa se volvió sarcástica, un tanto hiriente.

- Si, entendí. Y ya se como empezar, era muy fácil hacerlo. Quiero que te vayas de mi vida.

Estalló en una carcajada que hizo que ella se estremeciera, sus ojos se encendieron y con una sonrisa que podía intimidar a cualquiera que lo mirara, se acerco a escasos centímetros de su rostro y escupió con los ojos inyectados:

- Eso mi querida niña, ¡es imposible!.

- No, no es imposible, ¿ves como realmente tu eres el que no me conoces?

Diana no se apartó de su cara, no parpadeó y se veía segura.

La sonrisa desapareció y con dureza en cada una de las palabras de manera pausada y clara subrayó. - Estás clavada a mi como yo a ti, tenemos el mismo tipo de sangre incluso, yo llevo el registro de cada uno de tus resbalones, de tus errores, de tus mentiras, de tus placeres sucios.

- Y yo llevo cada una de las cicatrices de esos resbalones, yo he pagado las facturas de todo eso que tu dices que llevas la cuenta. Por lo mismo, yo soy la dueña absoluta de mis decisiones, no tu.

- Estás equivocada, sin mi no serías lo que hoy eres, te guste o no.

- Pues no me gusta en lo que me convertiste con tus ardid, con tus manipulaciones, tus cortinas de humo, tus falsas promesas.

- Yo nunca te oculte la mala influencia que soy, así que no me puedes reclamar por tus decisiones. Sabías que escucharme te traería sus consecuencias, te lo dije: viene en las letras grandotas del contrato.

No habían pasado ni cinco minutos desde la última vez que la insistente mesera volvía a ofrecer mas café. Diana simplemente volteó con una mirada decidida y contesto con una calma que hasta a el le sorprendió.

- Señorita, es usted muy amable en preocuparse por mi, pero en el momento que necesite algo más yo le aviso, no tenga la menor duda, si desea que ya le pida la cuenta para no tener que atenderme por que solo llevo pedido un triste café que ya está frío, entonces tráigala de una vez para que pueda estar en paz, pero aún no me voy a retirar por mas que insista. Muchas gracias.

Hay momentos en que las fronteras son muy evidentes, que no necesitas de un letrero para  saber que has cambiado de estado, de municipio, de carril o de ánimo. Diana portaba una bandera diferente a la que traía al momento de pedir su mesa para uno con el hostess del restaurante.

Las miradas se volvieron a encontrar, no había debilidad en ninguna de las dos, existía seguridad en ambas.

Jugaban en la misma liga, lo sabían y no había necesidad de mencionarlo.

- Me declaro emancipada de ti, de tu influencia y tu control.

- Vas a volver, lo sabes. Puedes dejarme, pero solo es temporal. Aprendiste a vivir conmigo, como dicen los gringos, “twentiefour/seven”.

Una sonrisa sarcástica de seguridad en si mismo, que casi rayaba en la soberbia se tatuó en su rostro.

- Por esa seguridad me enamoré de ti, y será de las cosas que aprendí y me apropiaré sin duda. No te lo agradezco, por que no hay motivo.

- Volverás.

- Tal vez, pero nunca más tendrás el control, te dejé manejar mi vida, pero eso solo pasará una vez.

Se recargó sobre el respaldo y sonrió.

La mesera pasó por la mesa de Diana, le dejó la nota y le dijo: Le dejo su cuenta, soy Claudia y espero regrese pronto.

Se levantó y recogió su bolsa que se encontraba en la silla frente a ella, tomo la cuenta de la mesa y abandonó la solitaria taza de café a medio consumir.

Desprenderse de un ciclo, renunciar al café después de tantos años, decidirse a vivir su vida y dejar el miedo ahogado en la mezcla fría de sustituto de crema para café con azúcar, pensó, es bastante para los 18 pesos que me costó esta pequeña plática.

Hasta luego y muchas gracias, le despidió la señorita que hacía un par de horas la había recibido con un:
- Buenas tardes, ¿mesa para dos?

- No, una persona solamente.